Tercera era año 143.
Un disparo certero en el cuello y el ciervo cayó fulminado. Los dos exploradores imperiales fueron a recoger su cena; los habían destinado a la frontera entre Cyrodiil y Ciénaga Negra, debido a una serie de ataques llevados a cabo por una supuesta tribu hostil. El legado Juliano, junto a un grupo de siete soldados, habían establecido allí su campamento, para investigar la causa de los ataques y detenerlos.
Los dos exploradores regresaron al campamento triunfantes, con su presa, lista para ser despellejada y cocinada.
-¿Habéis visto algo inusual?- preguntó el legado Juliano, a la espera de noticias.
-No señor, ni huellas, ni ningún rastro.
El legado Juliano, agachó ligeramente la cabeza, algo decepcionado, la misión se estaba alargando demasiado tiempo, y tenía que volver a casa para el cumpleaños de su hijo.
Los soldados se apuraron a preparar a su presa, mientras tanto, el legado Juliano regresó a su tienda, esta misión lo estaba agotando, los ataques continuaban y no habían pistas ni rastros que seguir, sus hombres también estaban cansados, vigilaban la zona día y noche para nada, para no conseguir más que cansancio.
El soldado kajita Y'Margo entró en la tienda del legado con un trozo de ciervo.
-Señor, le traigo algo de cena.
Juliano miró a su soldado, un kajita trabajando en la legión era algo poco común, de hecho sus compañeros desconfiaban de él.
-Gracias Y'Margo, hoy te encargarás de la primera guardia, así que espero que cenes bien, que no pruebes el vino y que hayas descansado antes para rendir al máximo, ahora retírate.
-Si señor.
Y'Margo abandonó la tienda y dejó a Juliano solo con sus pensamientos...
La noche cayó en Cyrodiil, las dos lunas iluminaban el cielo nocturno, el soldado kajita hacía la guardia a unos cientos de metros del campamento, empuñaba su espada en su mano derecha y en su izquierda usaba un hechizo para iluminar el sombrío bosque.
La noche dominaba el bosque, era extraño, demasiado extraño, algo había asustado a los animales.
-Esto no me gusta nada...
Grandes sombras rodeaban a Y'Margo, sujetó con fuerza su espada y disparó varias bolas de luz para iluminar el sombrío bosque, las sombras se abalanzaban sobre el soldado kajita, que decidió lanzar una bola de fuego al cielo para alertar al campamento.
Los centinelas vieron la bola de fuego y alertaron a Juliano.
Juliano ordenó a cuatro de sus soldados que cogieran sus monturas y los dos centinelas se quedaron en el campamento.
Los cinco legionarios cabalgaron veloces hacia la posición de Y'Margo, pero cuando llegaron allí, apenas quedaban restos del soldado kajita.
-¡Dispersaos y buscad rastros! -ordenó Juliano.
El grupo se dispersó ligeramente, encontrando señales de lucha, tales como sangre, cenizas y brasas.
-¡Despejado! -gritó uno de los soldados.
-¡Por aquí nada señor!
-Está bien... Recoged los restos de Y'Margo, le daremos sepultura como se merece... Volved al campamen...
Juliano no pudo terminar la frase, pues una bola de fuego impactaba en el campamento.
-¡Rápido soldados regresad! -ordenó Juliano.
Los cinco legionarios cabalgaron velozmente dirigiéndose al campamento, para sorpresa del grupo, al llegar localizaron sus auténticos enemigos, no se trataba de una tribu argoniana, se trataba nada más ni nada menos de minotauros.
Los dos centinelas defendían el campamento como podían, uno de ellos fue atravesado por uno de los cuernos de los minotauros, el otro, ya podía saborear el acero del hacha del monstruo pero para fortuna, Juliano cargó contra la bestia y le dio muerte, el resto de los soldados cabalgaban y arrasaban a los minotauros, que decidieron huir. Los soldados comenzaron a perseguirlos pero el legado Juliano ordenó permanecer en el campamento.
-¡Apagad el fuego y recoged los cadáveres de esos monstruos, y dad sepultura a nuestro compañero caído! -dijo Juliano mientras ataba su montura.
Entre los cadáveres quedaba un superviviente malherido, los soldados ataron al monstruo para interrogarlo.
-Quizás necesitemos más soldados señor. - informó uno de los soldados.
-Así es, por ello uno de vosotros se dirigirá a Leyawiin,que es la ciudad más cercana y solicitará refuerzos el resto buscaremos su guarida.
Uno de los soldados, montó en su caballó y cabalgó hacia Leyawiin.
El grupo preparó herramientas para torturar al minotauro. El legado Juliano se encargó en persona de torturarlo.
-Bestia, sé que hablas mi idioma, podemos hacer esto por las buenas o por las malas pero al final voy a conseguir lo que quiero.
Juliano dejó su espada entre las brasas.
-Bien... Dime, ¿quiénes sois y por qué nos atacais? -preguntó Juliano.
El minotauro resopló y miró para otro lado.
-De acuerdo, lo haremos por las malas. -dijo con una sonrisa mientras cogía una daga- parece que tus orejas no funcionan bien... ¡Habrá que recortarlas!
Y diciendo esto, agarró una de ellas y la cortó lentamente, el minotauro aguantó el dolor y ni un sonido salió de él.
-Eres duro ¿eh? Volveremos a empezar ¿si? ¿Quiénes sois y por qué nos habéis atacado?
El minotauro volvió a guardar silencio.
Juliano le asestó dos puñetazos, pero el minotauro no se inmutó nuevamente.
-Quizás se te ha comido la lengua el skeever...
El legado agarró una tenazas y sujetó la boca al monstruo, agarro uno de sus dientes y se lo arrancó. Como seguía sin hablar, volvió a coger su daga y rajó los mofletes del prisionero y para terminar, cogió su espada, que había estado en las brasa todo este tiempo, y la colocó en el ojo. Esta vez el monstruo se retorció de dolor.
-¿Qué tal si tenemos una charla ya? -pregunto sarcástico Juliano.
-Somos los soldados de Mauron... Solo reclamamos nuestras tierras.
-¡¿Mauron!?
Ese nombre resonó en la cabeza del legado. Su abuelo le había contado historias de terribles guerreros minotauros gobernados por un poderoso minotauro llamado Mauron... Pero su abuelo afirmaba que había dado muerte a la criatura.
-¡¿Dónde os ocultais!? -preguntó alterado Juliano.
-No hablaré más. -dijo la criatura mientras un chorro de sangre escapaba de su boca.
-¿Ah no?
Los soldados apilaban los cadáveres y los incineraban, un gran alarido proveniente de la tienda donde estaba torturando al minotaurio, recorrió todo el campamento, al rato, el legado Juliano salía con la cabeza de la bestia y con una sonrisa victoriosa.
-¡Soldados, partimos de inmediato! -ordenó Juliano mientras tiraba la cabeza a la hoguera.
-¿A dónde partimos señor?
-A una caverna al sureste de aquí, es territorio perteneciente a ciénaga negra.
Los soldados, no dudaron ni un instante de las órdenes de su líder, cogieron arcos y flechas, antorchas y montaron en sus caballos y siguieron a Juliano.
Tras cabalgar unas horas, llegaron hasta la caverna.
-Soldados, quizás encontremos la muerte en esta caverna, pero si permitimos que continúen con sus ataques, muchas personas inocentes morirán, y si esperamos a los refuerzos, quizás sea demasiado tarde para la población local.
Los legionarios entraron en la caverna, empuñando una espada en una mano y una antorcha en la otra, dos de ellos equipaban sus arcos y Juliano iba al frente del escuadrón.
Entraron muy sigilosamente en la caverna, había un guardia vigilando pero no pudo hacer nada ya que una certera flecha en el cuello acabó con su vida. El grupo fue avanzando por la laberíntica caverna encontrando guardias a los que podían dar muerte de forma silenciosa. El grupo siguió avanzando hasta una cámara bastante grande donde dormían la mayoría de los minotauros, así que el escuadrón comenzó una silenciosa lluvia de flechas que iba extinguiendo la vida de esas bestias.
La misión parecía que se iba a cumplir sin problemas o eso pensaban. Uno de los soldados que disparaba con su arco, dejó caer una gota de sudor que impactó en el morro de un minotauro, que despertó y alertó al resto de sus compañeros.
El legado Juliano ordenó a uno de sus hombres, bloquear junto a él a todos los minotauros que llegarán, mientras los arqueros seguían disparando. Para desgracia de los imperiales, se vieron rodeados por los minotauros y fueron atrapados y encerrados en una rudimentaria celda de madera.
Juliano despertó. Estaba atado, suspendido en el aire, miró a su alrededor, solo vio a uno de sus soldados.
-¡Señor ha despertado!
-¿Qué ha ocurrido soldado?
-Se los han llevado señor, creo que se los han comido y nosotros somos los siguientes en el menú.
-Tranquilízate soldado, saldremos de aquí. Aunque aún no sé cómo.
Un minotauro entró en la celda, miró a Juliano y después cogió al soldado.
-¿¡Qué haces!? ¡Sueltame maldito! ¡Dejame! -gritaba el soldado mientras el minotauro lo apoyaba en su hombro.
-¡Suéltalo bestia! ¡Soy legado Juliano, un oficial imperial y te ordeno que lo sueltes inmediatamente!
El minotauro miró fijamente a Juliano, tras clavar la mirada unos segundos, lanzó al soldado contra los barrotes y cogió a Juliano.
El minotauro llevó a Juliano a una cámara con un rudimentario trono y una mesa de piedra donde los restos de sus soldados estaban siendo devorados por otros minotauros.
-Señor Mauron, le traigo un oficial imperial. -gritó el minotauro.
El minotauro se levantó del trono, era el doble de grande que sus compañeros y parecía disfrutar al ver a un humano en esa posición.
-Un oficial... Je je je... Lo divertido de vosotros, es que dais conversaciones interesantes... Esos debiluchos de alli -señaló los restos de los soldados- apenas tenían conversación, pero un oficial, seguro que podrá decirme algo más interesante...
Juliano, mantenía la calma en todo momento, esperando una oportunidad para dar batalla. Observó que el minotauro que lo llevaba en el hombro, tenía un cuerno dañado. Aprovechó que el minotauro bajó la guardia y de un fuerte golpe, logró partir el cuerno y cogerlo, para, antes de caer al suelo, clavarlo en el cuello del minotauro.
La bestia se desangró en cuestión de minutos.
-¿Ves? Los oficiales son más divertidos, porque hay comida y espectáculo... Pero dime ¿cómo pretendes acabar con todos? -gritó Mauron
Mauron, el inmenso minotauro se acercó a Juliano, dispuesto a devorarlo pero para sorpresa de ambos, una certera flecha impactó en el cráneo de Mauron matándolo.
El soldado había logrado escapar y coger un arco. Juliano y el soldado huyeron, aunque este último se quedó atrás para salvar a su legado usando poderosas bolas de fuego.
Los refuerzos llegaron por la mañana y arrasaron la caverna y los minotauros sin contemplaciones...
Juliano pudo volver a ver a su hijo.
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