Me llamo Galadiel, soy un bosmer, también conocido como elfo del bosque por los hombres. Supongo que debería comenzar esta historia dejando claro a cualquier lector, que adoro a los daedras, más específicamente al señor daédrico Hircine.
Abandoné mi patria en busca de nuevas presas que cazar para honrar a Hircine, ya había cazado multitud de seres, extraños reptiles, hombres, otros mer, kajitas, argonianos, diablillos, hechiceros, todo tipo de animal y un largo etcétera.
Salí de Bosque Valen, y me encontré con un grupo de mercaderes kajitas, adoradores de Hircine (¿casualidad o destino? A saber) estos mercaderes se dirigían a Cyrodiil, marchaban a cazar ogros y la verdad, esa idea me gustó, nunca había encontrado un ser así y tenía que ser presa de mi arco.
Para mi sorpresa, los kajitas habían preparado una cacería de un argoniano que llevaban preso pero eso no fue la autentica sorpresa, lo increíble fue ver a los kajitas convertirse en bestias, hombres lobo.
La cacería fue existosa, ellos acabaron devorando al argoniano y yo afilando mi daga daédrica.
Estaba muy sorprendido con ese don que poseían y no me contuve para preguntar. Ellos me explicaron que ese don se lo había otorgado el mismísimo Hircine en persona como reconocimiento por sus cacerías y su gran devoción.
Entonces me dí cuenta, tenía que cazar la presa definitiva, y así quizás, el señor daédrico me reconocería y me otorgaría su don.
¿Pero qué ser podría sorprender a un principe daédrico?
Mientras lo pensaba, observaba a los kajitas, ellos habían sido bendecidos con un don que los convertía en los mejores cazadores... Los mejores... Agarré mi arco y comencé a matar a los kajitas, si, cacé a los mejores cazadores, Hircine debería estar satisfecho con eso, había cazado a sus cazadores, había demostrado mi valía, era mejor que sus siervos... Pero Hircine no apareció.
Pensé que había provocado su ira debido a que unos días después, un portón a Oblivion se abrió ante mí y comenzaron a surgir daerdras de su interior.
Cualquier otro pensaría que era un desafortunado al contemplar tal escena, pero yo lo vi como una oportunidad de cazar algo nuevo, si Hircine pretendía castigarme, yo haría de su castigo una cacería y lo honraría.
Los daedras son criaturas extrañas pero a la vez son muy parecidas a los seres de Nirn, el veneno les afecta igual, un disparo certero acaba con ellos y cometen errores. Cacé a todos los que fueron saliendo del portón hasta que agoté mis flechas y tuve que retirarme, por lo menos me llevé la vida de unas setenta criaturas. Me oculté en un bosque cercano, desde el cual podía vigilar el portón, pero este, acabó cerrándose y nunca más se abrió. Tras cerciorarme de que ya no había peligro, volví junto los cadáveres de los daedras y recogí mis flechas, además aproveché para coger partes de los daedra con las que elaboré potentes venenos con los que impregné mis flechas.
Pensé que este extraño suceso no se repetiría, pero ¿quién me iba a decir a mí que había comenzado la llamada crisis de Oblivion?
Viajé hasta la ciudad de Kvatch en busca de un comerciante del que se rumoreaba que tenía escamas de dragón, al final resultó ser solo un timo, por lo que fue una nueva presa a la que cacé.
En la cacería, fui descubierto por los guardias y estos intentaron arrestarme, me vi rodeado y ya me veía en oblivion junto a Hircine, cuando de pronto tres portones de Oblivion se abrieron y comenzaron a surgir miles de daedras de su interior.
Los guardias no daban crédito a lo que ocurría y muchos ni pudieron reaccionar, siendo pasto de las criaturas. Cuando la guardia reaccionó al fin, muchos ciudadanos habían sido aniquilados, yo me lancé de nuevo a la cacería, los guardias pensarían que pretendía ayudarlos pero mi motivación era solamente la cacería de nuevas presas.
La guardia preparó una resistencia bastante eficaz pero toda esperanza se desvaneció cuando un cuarto portón de mayor tamaño, se abrió y dejó escapar una extraña máquina que arrasó la ciudad en cuestión de segundos.
Desperté dos días después en un campamento provisional a las afueras de Kvatch, parecía que el problema se había solucionado y todo el mundo hablaba de un tal "héroe de Kvatch".
Seguí la pista de ese sujeto, y solo me llevaba a diferentes ciudades de Cyrodiil en las que había cerrado portones y todos le estaban agradecido.
¡Había encontrado la presa perfecta para cazar!
Su pista me llevó hasta Ciudad Imperial, la gran urbe de Cyrodiil, pero no pude dar caza al héroe, ya que la ciudad estaba pasando sus peores momentos: miles de daedras intentaban reducirla a cenizas y los guardias de la ciudad no daban a basto.
Los ejércitos daédricos avanzaban hacia el interior de la ciudad, donde había una resistencia formada entre la guardia de la ciudad, los cuchillas y el gremio de magos.
Los atronach, usando su poder, rompían las defensas de la legión que se esmeraban por frenar al enemigo, pero los poderosos magos levantaban potentes custodias y evitaban que los atronach continuaran avanzando.
Avancé sigilosamente entre los escombros de los edificios, acabando con los daedras que encontraba obstruyendo mi camino, conseguí llegar al centro de la ciudad, allí se habían reunido los supervivientes, esperando un milagro que los salvara de su funesto destino... Hombres... Patéticos y débiles...
Los legionarios bloquearon las puertas y los magos levantaron un escudo alrededor de los muros, pero para su desgracia, se abrieron portones en el interior.
Todos los soldados perdieron sus ánimos al contemplar a los daedras surgiendo de los portones, pero aún así, se lanzaron a luchar codo con codo con los magos.
He de reconocer, que verlos luchar en ese momento de desesperación me gustó, y por ello decidí unirme a la batalla y cazar a los daedras, quizás estas acciones fueran las últimas que hiciera y tenía que aprovecharlas.
Todos luchaban ante lo inevitable, ellos sabían que no sobrevivirían, pero su moral subió cuando su emperador y el héroe de Kvatch se unieron a la batalla, a pesar de todo, estaban condenados al fracaso y más aún cuando surgió el mismísimo Merhunes Dagon.
Donde todos vieron la condenación, yo vi la oportunidad, ¡cazar a un principe daédrico! Seguro que así Hircine me bendeciría.
Cogí mi mejor flecha y la impregné en el veneno más potente que tenía, seguidamente la disparé acertando en su nuca. Pareció no darse cuenta pero yo sé que el veneno le hizo efecto, sus movimientos se hicieron más lentos. Preparé otra flecha mientras él destruía el techo de un edificio, apunté... Y de pronto, ¡surgió el propio Akatosh y derrotó a Dagon y expulsó a los daedras!
La guerra había llegado a su fin, el héroe de Kvatch fue exaltado por su labor y recibió una armadura.
Pobre infeliz... No hay armadura que frene una flecha en el cuello.... Y esa armadura, no fue una excepción.
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