jueves, 18 de junio de 2015

Leviatán.

Era Merética, guerra de dragones.

El temible dominio de los dragones llegaría a su fin pronto, los sacerdotes dragón que habían gobernado con mano dura, estaban siendo asesinados uno a uno por los hombres.

Las razas inferiores se habían rebelado contra los dragones y tal acto no podía permitirse, por ello, Alduin ordenó a sus hermanos, llevar la muerte a aquellos que se habían alzado y no mostrar piedad alguna, ya que ellos eran los descendientes de Akatosh y por tanto, su divinidad era absoluta así como su dominio. Entre los dragones llamados a la batalla, se encontraba Leviatán, un poderoso dragón, el primer dragón legendario, cuyo thu'um, quedaba muy cerca al de Alduin. Leviatán gobernaba sobre lo que se conocería más adelante como Ciénaga Negra, Morrowind y una de sus islas, Solstheim, gobernada por Miraak, un sacerdote dragón.
Leviatán no tenía piedad con ninguna raza inferior, reducía todo a cenizas, o congelaba todo en instantes, la ferocidad de Leviatán era tal, que hasta sus propios hermanos le temían, su thu'um podía detener hasta el tiempo mismo, o convocar poderosas tormentas eléctricas.

Pero a pesar de su poder, no pudo evitar la rebelión en su tierra también, y un grupo de valientes (o inconscientes) decidieron plantarle cara e intentar darle muerte.

-¡Aquí acaba tu reinado Leviatán! -gritó el líder del grupo.

Leviatán no hizo ni gesto de preocupación, ni siquiera se preparó para pelear, sabía que de un solo thu'um, esos hombres quedarían reducidos a cenizas.

-Siento vuestro miedo... ¡Criaturas patéticas, vosotros no fuisteis creados para dominar, solo para ser dominados, volved a vuestro hogar y se os permitirá vivir, permaneced aquí, y lo perdereis todo!

Los soldados decidieron mantenerse firmes a pesar del temor que provocaba el poderoso dragón, Leviatán, al ver que los soldados no retrocedían, decidió darles una lección. Desplegó sus alas y se marchó del lugar. Sobrevoló los cielos y destruyó todos los asentamientos a su paso para después regresar a su guarida y expulsar a los soldados de su morada. El castigo por la rebeldía, no recaía sobre los rebeldes, sino en su gente. Leviatán era cruel y disfrutaba con ello. De este modo, cualquier intento de rebelión era sofocado facilmente y así logró que su dominio no se debilitara en ningún momento.

Leviatán recibió noticias de Solstheim, y de un sacerdote dragón que había aprendido a absorber las almas de los dragones para incrementar su poder. Tal conocimiento solo podía haber sido otorgado por un daedra y más específicamente por Herma-Mora. Los dragones odiaban a los daedras y que un sacerdote dragón se hubiera unido a un daedra no tenía perdón, Leviatán ordenó a sus hermanos que destruyeran el templo de Miraak y que le dieran muerte, pero esto último no pudo hacerse, ya que el daedra, lo llevó a un lugar seguro.

Leviatán también mató a los dragones que Miraak había subyugado, por tener tan poca voluntad como para no poder resistirse a su poder.

El dominio de Alduin se establecería pronto, y con él una nueva era gloriosa... O eso pensaban los dragones.
De algún modo, los hombres expulsaron del tiempo a Alduin y con su desaparición los dragones quedaron sin un líder al que seguir y fueron ocultándose o fueron cazados en las eras posteriores por los cuchillas y otros guerreros. Muchos intentaron dar caza a Leviatán pero su intento siempre fue en vano.

A pesar de la formación de imperios de los hombres y los mer, la aparición de grandes ejércitos y armadas, Leviatán sigió sintiéndose dueño de su territorio, al que protegería de cualquier amenaza:
Ciénaga Negra se vería inmersa en una  crisis, de la que apenas quedan registros.
Un poderoso hechicero había levantado a miles de muertos de sus tumbas para llevar a cabo una conquista en Ciénaga Negra y más adelante, de toda Tamriel.
El poderoso dragón sintió la presencia de una poderosa magia de conjuración más similar a la energía daédrica.
No había nada que Leviatán odiara más que a los daedras y sus siervos. Alzó el vuelo y se dirigió a la tierra de los argonianos, con los cuales mantenía una alianza en caso de un intento de invasión daédrica.

Los ejércitos no muertos habían arrasado la mayoría de los asentamientos y continuaban avanzando hasta las últimas fortalezas que resistían los ataques.
Leviatán contempló el inmenso ejército de muertos vivientes, al que arrasó usando su thu'um e invocando una poderosa tormenta.
Los soldados argonianos, salieron de sus fortalezas y remataron a los últimos zombies.

-¡Maldito dragón! ¡Tu dominio ha llegado a su fin! ¿Por qué te interpones en mi camino? -gritó el hechicero.

Leviatán descendió hasta el suelo.

-Tu poder proviene de Oblivion y todo aquel que intenta dominar los poderes de Oblivion merece la destrucción y yo seré el que lleve a cabo tan agradable tarea.

El hechicero preparó una poderosa custodia para protegerse de los temibles poderes de Leviatán, aunque no conocía cómo de grande era su poder, luchar contra un dragón no sería fácil.

Leviatán usó su thu'um y se volvió etéreo, por lo cual, los ataques del hechicero eran inútiles.
El hechicero fue un bocado delicioso para el dragón, que regresó a su guarida para descansar.
Leviatán sabía que Alduin volvería, que lo habían echado del tiempo pero regresaría en el futuro, hasta entonces, lo estaría esperando pacientemente.

Las eras fueron pasando, nuevos imperios se forjaron, nuevas batallas sucedieron, especies de mer desaparecieron por completo, otras mutaron pero Leviatán siempre estuvo atento, en silencio...
La crisis de Oblivion fue una oportunidad para que  volviera a la acción tras siglos de tranquilidad.
Si Morrowind sobrevivió a la crisis de Oblivion, no fue por un poderoso ejército o por el gobierno, no, fue Leviatán el que contuvo la invasión daédrica y destruyó los portales que encontraba en su territorio, ya que él seguía sintiendo este como su territorio, su hogar y lo protegería de cualquier amenaza con su vida.
La crisis de Oblivion finalizó y comenzó la cuarta era... Leviatán sentía que el regreso de Alduin estaba cerca, y con cada década que transcurría, más cerca sentía a su líder. Los mer y los hombres se mataban en una guerra de grandes proporciones, y tras ésta, hermanos dabanse muerte entre ellos.
El momento había llegado. Alduin regresó y alzó a miles de dragones para terminar lo que comenzó milenios atrás pero fracasó. Sangre de dragón lo derrotó, quizás el sangre de dragón más poderoso de todos los tiempos, su thu'um había superado al de Alduin, había viajado al más allá y había regresado, había obtenido el dominio de los conocimientos de los daedras y había detenido la guerra civil de Skyrim. Y ahora se dedicaba a cazar dragones, aprovechando las enseñanzas de los barbas grises y los soldados de los cuchillas.

Había un olor extraño aquel día en la guarida de Leviatán... Una mezcla entre dragón y humano... El sangre de dragón había venido a por él.

domingo, 14 de junio de 2015

El desafío de Juliano.

Tercera era año 143.

Un disparo certero en el cuello y el ciervo cayó fulminado. Los dos exploradores imperiales fueron a recoger su cena; los habían destinado a la frontera entre Cyrodiil y Ciénaga Negra, debido a una serie de ataques llevados a cabo por una supuesta tribu hostil. El legado Juliano, junto a un grupo de siete soldados, habían establecido allí su campamento, para investigar la causa de los ataques y detenerlos.

Los dos exploradores regresaron al campamento triunfantes, con su presa, lista para ser despellejada y cocinada.

-¿Habéis visto algo inusual?- preguntó el legado Juliano, a la espera de noticias.

-No señor, ni huellas, ni ningún rastro.

El legado Juliano, agachó ligeramente la cabeza, algo decepcionado, la misión se estaba alargando demasiado tiempo, y tenía que volver a casa para el cumpleaños de su hijo.

Los soldados se apuraron a preparar a su presa, mientras tanto, el legado Juliano regresó a su tienda, esta misión lo estaba agotando, los ataques continuaban y no habían pistas ni rastros que seguir, sus hombres también estaban cansados, vigilaban la zona día y noche para nada, para no conseguir más que cansancio.

El soldado kajita Y'Margo entró en la tienda del legado con un trozo de ciervo.

-Señor, le traigo algo de cena.

Juliano miró a su soldado, un kajita trabajando en la legión era algo poco común, de hecho sus compañeros desconfiaban de él.

-Gracias Y'Margo, hoy te encargarás de la primera guardia, así que espero que cenes bien, que no pruebes el vino y que hayas descansado antes para rendir al máximo, ahora retírate.

-Si señor.

Y'Margo abandonó la tienda y dejó a Juliano solo con sus pensamientos...

La noche cayó en Cyrodiil, las dos lunas iluminaban el cielo nocturno, el soldado kajita hacía la guardia a unos cientos de metros del campamento, empuñaba su espada en su mano derecha y en su izquierda usaba un hechizo para iluminar el sombrío bosque.
La noche dominaba el bosque, era extraño, demasiado extraño, algo había asustado a los animales.

-Esto no me gusta nada...

Grandes sombras rodeaban a Y'Margo, sujetó con fuerza su espada y disparó varias bolas de luz para iluminar el sombrío bosque, las sombras se abalanzaban sobre el soldado kajita, que decidió lanzar una bola de fuego al cielo para alertar al campamento.

Los centinelas vieron la bola de fuego y alertaron a Juliano.
Juliano ordenó a cuatro de sus soldados que cogieran sus monturas y los dos centinelas se quedaron en el campamento.

Los cinco legionarios cabalgaron veloces hacia la posición de Y'Margo, pero cuando llegaron allí, apenas quedaban restos del soldado kajita.

-¡Dispersaos y buscad rastros! -ordenó Juliano.

El grupo se dispersó ligeramente, encontrando señales de lucha, tales como sangre, cenizas y brasas.

-¡Despejado! -gritó uno de los soldados.

-¡Por aquí nada señor!

-Está bien... Recoged los restos de Y'Margo, le daremos sepultura como se merece... Volved al campamen...

Juliano no pudo terminar la frase, pues una bola de fuego impactaba en el campamento.

-¡Rápido soldados regresad! -ordenó Juliano.

Los cinco legionarios cabalgaron velozmente dirigiéndose al campamento, para sorpresa del grupo, al llegar localizaron sus auténticos enemigos, no se trataba de una tribu argoniana, se trataba nada más ni nada menos de minotauros.

Los dos centinelas defendían el campamento como podían, uno de ellos fue atravesado por uno de los cuernos de los minotauros, el otro, ya podía saborear el acero del hacha del monstruo pero para fortuna, Juliano cargó contra la bestia y le dio muerte, el resto de los soldados cabalgaban y arrasaban a los minotauros, que decidieron huir. Los soldados comenzaron a perseguirlos pero el legado Juliano ordenó permanecer en el campamento.

-¡Apagad el fuego y recoged los cadáveres de esos monstruos, y dad sepultura a nuestro compañero caído! -dijo Juliano mientras ataba su montura.

Entre los cadáveres quedaba un superviviente malherido, los soldados ataron al monstruo para interrogarlo.

-Quizás necesitemos más soldados señor. - informó uno de los soldados.

-Así es, por ello uno de vosotros se dirigirá a Leyawiin,que es la ciudad más cercana y solicitará refuerzos el resto buscaremos su guarida.

Uno de los soldados, montó en su caballó y cabalgó hacia Leyawiin.

El grupo preparó herramientas para torturar al minotauro. El legado Juliano se encargó en persona de torturarlo.

-Bestia, sé que hablas mi idioma, podemos hacer esto por las buenas o por las malas pero al final voy a conseguir lo que quiero.

Juliano dejó su espada entre las brasas.

-Bien... Dime, ¿quiénes sois y por qué nos atacais? -preguntó Juliano.

El minotauro resopló y miró para otro lado.

-De acuerdo, lo haremos por las malas. -dijo con una sonrisa mientras cogía una daga- parece que tus orejas no funcionan bien... ¡Habrá que recortarlas!

Y diciendo esto, agarró una de ellas y la cortó lentamente, el minotauro aguantó el dolor y ni un sonido salió de él.

-Eres duro ¿eh? Volveremos a empezar ¿si? ¿Quiénes sois y por qué nos habéis atacado?

El minotauro volvió a guardar silencio.

Juliano le asestó dos puñetazos, pero el minotauro no se inmutó nuevamente.

-Quizás se te ha comido la lengua el skeever...

El legado agarró una tenazas y sujetó la boca al monstruo, agarro uno de sus dientes y se lo arrancó. Como seguía sin hablar, volvió a coger su daga y rajó los mofletes del prisionero y para terminar, cogió su espada, que había estado en las brasa todo este tiempo, y la colocó en el ojo. Esta vez el monstruo se retorció de dolor.

-¿Qué tal si tenemos una charla ya? -pregunto sarcástico Juliano.

-Somos los soldados de Mauron... Solo reclamamos nuestras tierras.

-¡¿Mauron!?

Ese nombre resonó en la cabeza del legado. Su abuelo le había contado historias de terribles guerreros minotauros gobernados por un poderoso minotauro llamado Mauron... Pero su abuelo afirmaba que había dado muerte a la criatura.

-¡¿Dónde os ocultais!? -preguntó alterado Juliano.

-No hablaré más. -dijo la criatura mientras un chorro de sangre escapaba de su boca.

-¿Ah no?

Los soldados apilaban los cadáveres y los incineraban, un gran alarido proveniente de la tienda donde estaba torturando al minotaurio, recorrió todo el campamento, al rato, el legado Juliano salía con la cabeza de la bestia y con una sonrisa victoriosa.

-¡Soldados, partimos de inmediato! -ordenó Juliano mientras tiraba la cabeza a la hoguera.

-¿A dónde partimos señor?

-A una caverna al sureste de aquí, es territorio perteneciente a ciénaga negra.

Los soldados, no dudaron ni un instante de las órdenes de su líder, cogieron  arcos y flechas, antorchas y montaron en sus caballos y siguieron a Juliano.
Tras cabalgar unas horas, llegaron hasta la caverna.

-Soldados, quizás encontremos la muerte en esta caverna, pero si permitimos que continúen con sus ataques, muchas personas inocentes morirán, y si esperamos a los refuerzos, quizás sea demasiado tarde para la población local.

Los legionarios entraron en la caverna, empuñando una espada en una mano y una antorcha en la otra, dos de ellos equipaban sus arcos y Juliano iba al frente del escuadrón.
Entraron muy sigilosamente en la caverna, había un guardia vigilando pero no pudo hacer nada ya que una certera flecha en el cuello acabó con su vida. El grupo fue avanzando por la laberíntica caverna encontrando guardias a los que podían dar muerte de forma silenciosa. El grupo siguió avanzando hasta una cámara bastante grande donde dormían la mayoría de los minotauros, así que el escuadrón comenzó una silenciosa lluvia de flechas que iba extinguiendo la vida de esas bestias.
La misión parecía que se iba a cumplir sin problemas o eso pensaban. Uno de los soldados que disparaba con su arco, dejó caer una gota de sudor que impactó en el morro de un minotauro, que despertó y alertó al resto de sus compañeros.

El legado Juliano ordenó a uno de sus hombres, bloquear junto a él a todos los minotauros que llegarán, mientras los arqueros seguían disparando. Para desgracia de los imperiales, se vieron rodeados por los minotauros y fueron atrapados y encerrados en una rudimentaria celda de madera.

Juliano despertó. Estaba atado, suspendido en el aire, miró a su alrededor, solo vio a uno de sus soldados.

-¡Señor ha despertado!

-¿Qué ha ocurrido soldado?

-Se los han llevado señor, creo que se los han comido y nosotros somos los siguientes en el menú.

-Tranquilízate soldado, saldremos de aquí. Aunque aún no sé cómo.

Un minotauro entró en la celda, miró a Juliano y después cogió al soldado.

-¿¡Qué haces!? ¡Sueltame maldito! ¡Dejame! -gritaba el soldado mientras el minotauro lo apoyaba en su hombro.

-¡Suéltalo bestia! ¡Soy legado Juliano, un oficial imperial y te ordeno que lo sueltes inmediatamente!

El minotauro miró fijamente a Juliano, tras clavar la mirada unos segundos, lanzó al soldado contra los barrotes y cogió a Juliano.

El minotauro llevó a Juliano a una cámara con un rudimentario trono y una mesa de piedra donde los restos de sus soldados estaban siendo devorados por otros minotauros.

-Señor Mauron, le traigo un oficial imperial. -gritó el minotauro.

El minotauro se levantó del trono, era el doble de grande que sus compañeros y parecía disfrutar al ver a un humano en esa posición.

-Un oficial... Je je je... Lo divertido de vosotros, es que dais conversaciones interesantes... Esos debiluchos de alli -señaló los restos de los soldados- apenas tenían conversación, pero un oficial, seguro que podrá decirme algo más interesante...

Juliano, mantenía la calma en todo momento, esperando una oportunidad para dar batalla. Observó que el minotauro que lo llevaba en el hombro,  tenía un cuerno dañado. Aprovechó que el minotauro bajó la guardia y de un fuerte golpe, logró partir el cuerno y cogerlo, para, antes de caer al suelo, clavarlo en el cuello del minotauro.
La bestia se desangró en cuestión de minutos.

-¿Ves? Los oficiales son más divertidos, porque hay comida y espectáculo... Pero dime ¿cómo pretendes acabar con todos? -gritó Mauron

Mauron, el inmenso minotauro se acercó a Juliano, dispuesto a devorarlo pero para sorpresa de ambos, una certera flecha impactó en el cráneo de Mauron matándolo.
El soldado había logrado escapar y coger un arco. Juliano y el soldado huyeron, aunque este último se quedó atrás para salvar a su legado usando poderosas bolas de fuego.
Los refuerzos llegaron por la mañana y arrasaron la caverna y los minotauros sin contemplaciones...
Juliano pudo volver a ver a su hijo.

sábado, 13 de junio de 2015

El viaje de Galadiel.

Me llamo Galadiel, soy un bosmer, también conocido como elfo del bosque por los hombres. Supongo que debería comenzar esta historia dejando claro a cualquier lector, que adoro a los daedras, más específicamente al señor daédrico Hircine.
Abandoné mi patria en busca de nuevas presas que cazar para honrar a Hircine, ya había cazado multitud de seres, extraños reptiles, hombres, otros mer, kajitas, argonianos, diablillos, hechiceros, todo tipo de animal y un largo etcétera.
Salí de Bosque Valen, y me encontré con un grupo de mercaderes kajitas, adoradores de Hircine (¿casualidad o destino? A saber) estos mercaderes se dirigían a Cyrodiil, marchaban a cazar ogros y la verdad, esa idea me gustó, nunca había encontrado un ser así y tenía que ser presa de mi arco.
Para mi sorpresa, los kajitas habían preparado una cacería de un argoniano que llevaban preso pero eso no fue la autentica sorpresa, lo increíble fue ver a los kajitas convertirse en bestias, hombres lobo.
La cacería fue existosa, ellos acabaron devorando al argoniano y yo afilando mi daga daédrica.
Estaba muy sorprendido con ese don que poseían y no me contuve para preguntar. Ellos me explicaron que ese don se lo había otorgado el mismísimo Hircine en persona como reconocimiento por sus cacerías y su gran devoción.
Entonces me dí cuenta, tenía que cazar la presa definitiva, y así quizás, el señor daédrico me reconocería y me otorgaría su don.
¿Pero qué ser podría sorprender a un principe daédrico?
Mientras lo pensaba, observaba a los kajitas, ellos habían sido bendecidos con un don que los convertía en los mejores cazadores... Los mejores... Agarré mi arco y comencé a matar a los kajitas, si, cacé a los mejores cazadores, Hircine debería estar satisfecho con eso, había cazado a sus cazadores, había demostrado mi valía, era mejor que sus siervos... Pero Hircine no apareció.

Pensé que había provocado su ira debido a que unos días después, un portón a Oblivion se abrió ante mí y comenzaron a surgir daerdras de su interior.
Cualquier otro pensaría que era un desafortunado al contemplar tal escena, pero yo lo vi como una oportunidad de cazar algo nuevo, si Hircine pretendía castigarme, yo haría de su castigo una cacería y lo honraría.

Los daedras son criaturas extrañas pero a la vez son muy parecidas a los seres de Nirn, el veneno les afecta igual, un disparo certero acaba con ellos y cometen errores. Cacé a todos los que fueron saliendo del portón hasta que agoté mis flechas y tuve que retirarme, por lo menos me llevé la vida de unas setenta criaturas. Me oculté en un bosque cercano, desde el cual podía vigilar el portón, pero este, acabó cerrándose y nunca más se abrió. Tras cerciorarme de que ya no había peligro, volví junto los cadáveres de los daedras y recogí mis flechas, además aproveché para coger partes de los daedra con las que elaboré potentes venenos con los que impregné mis flechas.
Pensé que este extraño suceso no se repetiría, pero ¿quién me iba a decir a mí que había comenzado la llamada crisis de Oblivion?
Viajé hasta la ciudad de Kvatch en busca de un comerciante del que se rumoreaba que tenía escamas de dragón, al final resultó ser solo un timo, por lo que fue una nueva presa a la que cacé.
En la cacería, fui descubierto por los guardias y estos intentaron arrestarme, me vi rodeado y ya me veía en oblivion junto a Hircine, cuando de pronto tres portones de Oblivion se abrieron y comenzaron a surgir miles de daedras de su interior.
Los guardias no daban crédito a lo que ocurría y muchos ni pudieron reaccionar, siendo pasto de las criaturas. Cuando la guardia reaccionó al fin, muchos ciudadanos habían sido aniquilados, yo me lancé de nuevo a la cacería, los guardias pensarían que pretendía ayudarlos pero mi motivación era solamente la cacería de nuevas presas.
La guardia preparó una resistencia bastante eficaz pero toda esperanza se desvaneció cuando un cuarto portón de mayor tamaño, se abrió y dejó escapar una extraña máquina que arrasó la ciudad en cuestión de segundos.
Desperté dos días después en un campamento provisional a las afueras de Kvatch, parecía que el problema se había solucionado y todo el mundo hablaba de un tal "héroe de Kvatch".
Seguí la pista de ese sujeto, y solo me llevaba a diferentes ciudades de Cyrodiil en las que había cerrado portones y todos le estaban agradecido.
¡Había encontrado la presa perfecta para cazar!
Su pista me llevó hasta Ciudad Imperial, la gran urbe de Cyrodiil, pero no pude dar caza al héroe, ya que la ciudad estaba pasando sus peores momentos: miles de daedras intentaban reducirla a cenizas y los guardias de la ciudad no daban a basto.
Los ejércitos daédricos avanzaban hacia el interior de la ciudad, donde había una resistencia formada entre la guardia de la ciudad, los cuchillas y el gremio de magos.
Los atronach, usando su poder, rompían las defensas de la legión que se esmeraban por frenar al enemigo, pero los poderosos magos levantaban potentes custodias y evitaban que los atronach continuaran avanzando.
Avancé sigilosamente entre los escombros de los edificios, acabando con los daedras que encontraba obstruyendo mi camino, conseguí llegar al centro de la ciudad, allí se habían reunido los supervivientes, esperando un milagro que los salvara de su funesto destino... Hombres... Patéticos y débiles...
Los legionarios bloquearon las puertas y los magos levantaron un escudo alrededor de los muros, pero para su desgracia, se abrieron portones en el interior.
Todos los soldados perdieron sus ánimos al contemplar a los daedras surgiendo de los portones, pero aún así, se lanzaron a luchar codo con codo con los magos.
He de reconocer, que verlos luchar en ese momento de desesperación me gustó, y por ello decidí unirme a la batalla y cazar a los daedras, quizás estas acciones fueran las últimas que hiciera y tenía que aprovecharlas.
Todos luchaban ante lo inevitable, ellos sabían que no sobrevivirían, pero su moral subió cuando su emperador y el héroe de Kvatch se unieron a la batalla, a pesar de todo, estaban condenados al fracaso y más aún cuando surgió el mismísimo Merhunes Dagon.
Donde todos vieron la condenación, yo vi la oportunidad, ¡cazar a un principe daédrico! Seguro que así Hircine me bendeciría.
Cogí mi mejor flecha y la impregné en el veneno más potente que tenía, seguidamente la disparé acertando en su nuca. Pareció no darse cuenta pero yo sé que el veneno le hizo efecto, sus movimientos se hicieron más lentos. Preparé otra flecha mientras él destruía el techo de un edificio, apunté... Y de pronto, ¡surgió el propio Akatosh y derrotó a Dagon y expulsó a los daedras!
La guerra había llegado a su fin, el héroe de Kvatch fue exaltado por su labor y recibió una armadura.
Pobre infeliz... No hay armadura que frene una flecha en el cuello.... Y esa armadura, no fue una excepción.